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La Conquista Espiritual de México I. Cristianismo y Paganismo frente a frente PDF Imprimir Correo
Escrito por ROBERT RICARD   
Martes, 15 de Diciembre de 2009 17:13
Indice del artículo
La Conquista Espiritual de México I. Cristianismo y Paganismo frente a frente
La Nueva España al llegar los misioneros.-Hostilidad del país.-Habitantes.-Situación política; imperio azteca y su organización. Dificultades lingüísticas.-Sociedad azteca: caracteres más destacados.-Religión.-Población no azteca.
Los misioneros frente a la civilización indígena.-Ideas y ritos indígenas cercanos a ideas y ritos cristianos.-La confesión y el concepto de pecado en la religión azteca.- Desconfianza y hostilidad de los misioneros con orden a las religiones indígenas.-El porqué de esta manera de conducta.-Política de rotura y destrucción
Todas las páginas

 

 

Solamente con la llegada de los primeros misioneros franciscanos en 1524 comenzó la evangelización metódica de la Nueva España. Es sabido, sin embargo, que antes de llegar ellos, algunos otros religiosos aislados habían esparcido en México la semilla de la palabra evangélica. Es de importancia poner los ojos en la obra de estos evangelizadores iniciales, siquiera sea de manera rápida.

 

Imposible estudiar la historia de la evangelización de México sin dar el debido realce a las preocupaciones religiosas que llenaron en todo tiempo el alma del conquistador Cortés. De grandes ambiciones, fácil en sucumbir a la carne, político de pocos escrúpulos, tenía Cortés sus aspectos de Don Quijote. Pese a las flaquezas, de que con humildad se dolió más tarde, estaban en él hondamente arraigadas las convicciones cristianas. Siempre llevó en su persona una imagen de la Virgen María, cuyo amartelado devoto fue; día a día rezaba sus oraciones u oía misa; una cruz había en su estandarte, orlada con estas palabras: Amici, sequamur crucem, et si nos fidem habemus, vere in hoc signo vincemus. Tenía otro, con las armas de Castilla y León a un lado y una imagen de la Virgen Santísima al otro. Pudo ser su ambición primaria, a lo que parece, forjar para sí una manera de feudo autónomo, teóricamente subordinado al rey de España: no pudo sin embargo, pensar en que sus súbditos fueran paganos y siempre puso esmero en llevar a realidad paralelamente la conquista religiosa con la conquista política y militar.

 

Quizá sea este el punto único en que siguió las instrucciones de Velázquez. "El principal motivo que voz e todos los de vuestra compañía habéis de levar, es y ha de ser para que en este viaje sea Dios servido y alabado, e nuestra santa fe católica ampliada;... que no consentiréis que ninguna persona... diga blasfemias;... no consentiréis ningún pecado público, así como amancebamientos... e procederéis con todo rigor contra el que tal pecado o delito cometiere, e castigarlo héis conforme a derecho... Porque se han fallado... encima de ciertas sepulturas y enterramiento cruces, .. trabajaréis cuidado de haber... la significación de por qué tienen. Ternéis cuidado de inquirir... si los naturales... tengan secta, o creencia, o rito, o ceremonia en que ellos crean, o en quien adoren, o si tienen mezquitas, o algunas casas de oración... de todo muy por estenso traeréis ante vuestro escribano muy entera relación, que se la pueda dar fe. Pues la principal cosa porque se permiten que se descubran tierras nuevas es para que tanto número de almas... han estado... fuera de nuestra fe, trabajaréis por todas las maneras del mundo para les informar de ellas". Las instrucciones de Velázquez no hacían más que expresar los manifiestos deseos del Papa y de los Reyes españoles. Al pie de la letra las cumplió Cortés: nadie fue jamás tan severo con los blasfemos y abiertamente puso en sus ordenanzas que el fin primario de la expedición era la extirpación de la idolatría y la conversión de los indígenas a la fe cristiana: hecha la guerra con otra intención, agregaba, sería una guerra injusta. Bien está que este espíritu no animó a muchos de sus lugartenientes y soldados, cuyas costumbres nada de ejemplar tuvieron y que a menudo se extraviaron de tal ide al. Pero, si no siempre fueron respetados los mandatos de Cortés, tampoco hay q ue echar en olvido que varios de sus compañeros de armas entraron frailes más tarde: así el ermitaño Gaspar Díaz, a quien el obispo Zumárraga tuvo que mandar atenuara sus austeridades; así Sindos, o Cintos, de Portillo, "casi un santo", Medina. Quintero, Burguillos, Escalante y Lintorno, que se hicieron...¡y aún la lista de Bernal Díaz no es quizá completa!.

Si cabe hacer cargos a Cortés no será ciertamente el haber sido remiso en la evangelización de los indios: todo lo contrario, es más bien el de haber querido obrar con precipitación, sin método, sin guardar la debida gradación, tan necesaria en estos casos. Si vamos en pos de sus huellas desde que desembarca en Ulúa, veremos que a cada paso el mercedario que le acompaña, Fr. Bartolomé de Olmedo, teólogo excelente y "hombre de buen entendimiento", como con razón le llama Cervantes de Salazar, se ve obligado a temperar su celo, a irle a la mano para encarrilarle en el orden y la prudencia. El P. Cuevas en su historia, insiste en este contraste y, aunque admirador del P. Olmedo, se inclina a creer que la razón estaba de parte de Cortés. "Conocía dice el carácter de los indios y la impresión que en ellos hacía. De hecho, pocas o ninguna cruz ni imágenes se profanaron, y tanto los indios de entonces como los de ahora, tenían el suficiente entendimiento para comprender la simplicísima noción de que no era el palo o lienzo lo que veneraban y que se trataba de cosa muy diferente de sus idolatrías". Con lógica de Pero Grulllo, cabe sin embargo hacer la observación de que no sabemos lo que habría sucedido en muchos lugares, a no haber moderado el P. Olmedo el ardor de Cortés, un sí es no es imprudente. También creemos que era mucho pedir por parte suya, para indios paganos aún. No puede exigirse a un pagano que "renuncie de un solo impulso a sus cadenas todas y ponga en práctica las virtudes cristianas, si todavía no ha recibido los medios para ello".

 

 

Cortés y sus compañeros llegaron frente a Ulúa el jueves santo, 21 de abril de 1519, y desembarcaron el viernes santo. El día de Pascua hubo misa solemne. Los españoles rezaron arrodillados su rosario frente a una cruz erigida en la arena. Día a día, al toque de la campana, rezaban el ángelus ante la misma cruz. Con admiración les contemplaban los indígenas: algunos de ellos preguntaron por qué los españoles se humillaban ante aquellos dos trozos de madera. Fue entonces cuando, invitado por Cortés, el P. Olmedo les expuso la doctrina cristiana: tan al por menor le pareció la exposición al buen Bernal Díaz, cuya preparación doctrinal no era quizá muy precisa, que llega a escribir que "se les hizo tan buen razonamiento para en tal tiempo que unos buenos teólogos no dijeran mejor... y les dijeron que sus ídolos eran malos... que huyen de la señal de la cruz, porque en otra como aquella padeció muerte y pasión el Señor del cielo y de la tierra, y que quiso sufrir y pasar aquella muerte por salvar al género humano, y que resucitó al tercer día, y está en los cielos, y que habemos de ser juzgados por El... que no sacrificasen ningunos indios, ni otra manera de sacrificios malos que hacen". Eso fue todo; y ya era bastante para el primer contacto.  o tuvo que intervenir Fr. Bartolomé ante el Conquistador: en un país aún desconocido se mantenía éste desconfiado. No así en Cempoala, donde la acción fue más a lo vivo, sin que obstaran los consejos de moderación del P. Olmedo, pues se echaron por tierra los ídolos; se improvisó un altar, como en Ulúa, con la cruz y la Virgen Santísima; se les predicó a los indios y se les dijo misa; fueron bautizadas las ocho mujeres que se dieron a los españoles, y antes de emprender la marcha hacia Anáhuac, recomendó Cortés al "cacique gordo" que tuviera cuidado del altar y de la cruz. Cuatro sacerdotes paganos fueron forzados a cortar sus largas guedejas y mudar sus ropas sacerdotales, y los puso Cortés como custodios de la imagen de la Virgen. No se olviden notar también que, para vigilar a estos guardianes, fue dejado en Cempoala un viejo soldado, Juan de Torres por nombre, a "que estuviese allí por ermitaño". En otro lugar Fr. Bartolomé de Olmedo obligó al Conquistador a ser más prudente: hizo un buen sermón contra la sodomía y los sacrificios hu manos, mas no consistió en que se les dejara una cruz. "Paréceme, señor, que en estos pueblos--dijo el Padre--no es tiempo para dejarles cruz en su poder, porque son desvergonzados y sin temor, y como son vasallos de Montezuma, no la quemen a hagan alguna cosa mala. Y eso que se les ha dicho basta, hasta que tengan más conocimiento de nuestra fe". En Tlaxcala hubiera querido Cortés que al punto los indígenas renunciaran a sus ídolos y abrazaran la fe católica. Se rehusaron a ello los tlaxcaltecas, con la más firme resolución, y aquello hubiera parado en mal, de no intervenir una vez más el fraile mercedario, que aconsejó a Cortés dejar tranquilas a aquellas gentes, hasta no haberlos informado más completa y seriamente de la doctrina cristiana: "no es justo que por fuerza le hagamos cristianos, dijo, y aun lo que hicimos en Cempoala de derrocarles  sus ídolos no quisiera yo que se hiciera hasta que tengan conocimiento de nuestra fe... Bien es que vayan sintiendo nuestras amonestaciones". Juicio que apoyaron también Pedro de Alvarado, Juan Velázquez de León y Francisco de Lugo. Cortés tuvo que ceder. Dijo misa Fr. Bartolomé y predicó y las mujeres dadas a los españoles fueron como de costumbre, bautizadas. Tampoco permitió el P. Olmedo que en Cholula se derrocaran los ídolos; mal de su grado y también del de Juan Díaz, clérigo secular que con ellos venía, fue eregida la cruz en Cholula, lo mismo que en Tlaxcala, si ha de darse crédito a las fantasías del P. Montezuma, aquí quizás aceptables. No hubo, eso sí, lugar en que el P. Olmedo no predicara contra la sodomía, los sacrificios humanos, al mismo tiempo que exponía, a los indios la doctrina cristiana. Lo mismo en Jalacingo (Veracruz)-- antes de Tlaxcala-- que en Chalco, Iztapalapan, en Coyoacán.

 

 

Ya en Tenochtitlán, a donde llegaron los españoles el 7 de noviembre de 1519, una de las mayores preocupaciones de Cortés fue la conversión de Moctezuma quizá para mejor tenerle a su mando y la instalación de un culto cristiano pública. El día mismo de su llegada hace al "emperador" un resumen de su doctrina cristiana, declama acremente contra los humanos sacrificios, anuncia la venida de los misioneros. Firme se opone Moctezuma, desechando todo, resiste a todos estos discursos, a todos los sermones del P. Olmedo, a la charla del paje Orteguilla, con todo y a fecto que les había cobrado. No deja de seguir yendo al templo y hace sus sacrificios humanos como antes: muy poco probable parece que haya recibido el bautismo, ni aun en punto de muerte. Por su lado, el P. Olmedo se opuso a que se construyera en Tenochtitlán una iglesia: ni Moctezum a pareció dispuesto a ello. De hecho, de la manera más declarada se rehusó, cuando Cortés le pidió licencia para levantar una cruz en lo alto del templo y colocar una imagen de María en su santuario, para hacer huir al demonio:  el rey llegó a sentirse ofendido. Se contentaron los españoles con instalar una capilla en su propio albergue y eregir afuera una cruz;  tuvieron misa diaria, hasta que faltó el vino. Con rezar frente al altar y las estatuas de sus santos solamente tuvieron que quedar satisfechos. Lo hacían por dos fines, según Bernal Díaz: primero, por ser su deber; después, por dar ejemplo a Moctezuma y a los indios. Al fin había cedido el monarca: dió licencia a Cortés para que, en lo alto de la Cu, apartado de los ídolos, colocara un altar con una cruz y una imagen de Nuestra Señora. El P. Olmedo cantó la misa, asistido por el licenciado Juan Díaz y buena multitud de soldados españoles. Cortés puso a uno de sus hombres como custodio de aquel altar, para impedir que los indios lo profanaran. No contento con esto, se adueño por fin del templo completamente. Cuando tuvo que salir al encuentro de Narváez, intentaron los aztecas en su ausencia quitar la cruz y la imagen: no pudieron lograrlo y "lo tuvieron a gran milagro".  Vino después la noche triste, en que hubieron los españoles de salir de México, como es sabido; la retirada a Tlaxcala, donde fueron curados los heridos y el ejército reorganizado; la reconquista lenta y metódica de la capital. Mas, a pesar de tantos y tan graves afanes, no decayó, ni menos se extinguió, el ardor de hacer prosélitos: Fr. Bartolomé bautizó al anciano cacique de Tlaxcala y al joven gobernante de Tetzcoco.

No fue quizá el P. Olmedo el primer sacerdote católico que pisó el territorio mexicano, paro sí fue el gran precursor, y quien merece a todas luces el nombre de primer apóstol de la Nueva España: al morir en México, por las postrimerías de 1524, le lloró toda la naciente colonia: "era un santo hombre--escribía Cortés el licenciado Zuazo-- y le había llorado toda la ciudad... a los indios les había dado el conocimiento de Dios y ganado sus almas para el cielo". Menos resalta la obra del padre secular, licenciado Juan Díaz, que se halló en toda la empresa conquistadora. Venidos a México poco después, mas aun no terminada la Conquista, con la mejor voluntad que tuvieran, poca cosa pudieron hacer el mercedario y  Fr. Diego Altamirano.

 

Tres religiosos franciscanos siguieron a éstos en 1523; de nación flamencos los tres, dos sacerdote: Johann Van den Auwera y Johann Dekkers, conocidos por el nombre españolizado de Fr. Juan de Tecto, y un lego: Pierre de Gand, conocido con el nombre de Fr. Pedro de Gante. Los dos primeros, casi a raíz de su llegada, se fueron con Cortés a la expedición a las Hibueras y en ella murieron. En cuanto al Fr. Pedro de Gante, paso en México todo el resto de su vida, bien larga por cierto. Su obra fue muy hermosa. Pero, solo al fin, no obstante su ardor apostólico, se hubiera visto forzado a trabajar sin plan preciso, igual que el P. Olmedo, y no hubiera podido esparcir sino algunos gérmenes aislados de la obra evangelizadora, sin método y sin orden. Urgía, por consiguiente, organizar la cristianización del país.

Bien convencido de ello estaba Cortés: en su Cuarta Carta de Relación, fechada el 15 de octubre en México, trae a la memoria de Carlos V la insistencia con que antes había expuesto la necesidad de proveer a la eterna salvación de los indios. "Todas la veces que vuestra majestad he escrito he dicho a vuestra alteza el aparejo que hay en algunos de los naturales destas partes para se convertir a nuestra santa fe católica, y he enviado a suplicar a vuestra cesárea majestad, para ello, mandase proveer de personas religiosas de buena vida y ejemplo. Y porque hasta agora han venido muy pocos, o casi ningunos, y es cierto que hay grandísimo fruto, lo torno a traer a la memoria a vuestra alteza, y le suplico lo mande proveer con todo brevedad" Insiste en la necesidad de misioneros en Nueva España para la conversión de los infieles y aun traza su plan: "destas (personas religiosas) se hagan casas y monasterios por las provincias que acá nos pareciere que convienen, y a estas se les dé de los diezmos para hacer sus casas y sostener sus vidas, y lo demás que restare de ellos sea para las iglesias y ornamentos de los pueblos donde estuvieren los españoles, y para clérigos que las sirvan; y que estos diezmos los cobren los oficiales de vuestra majestad, y tengan cuenta y razón dellos y provean dellos a los dichos monasterios y iglesias, que bastará para todo, y aun sobra harto, de que vuestra majestad se puede servir". Había pedido antes obispos, pero ahora ha mudado de parecer: sólo religiosos son necesarios. "Porque habiendo obispos y otros prelados no dejarían de seguir la costumbre que, por vuestros pecados, hoy tienen en disponer de los bienes de la iglesia, que es gastarlos en pompas y otros vicios", con lo cual darían pésimo ejemplo a los naturales de la tierra. Por tanto: "vuestra alteza suplique a Su Santidad conceda a vuestra majestad los diezmos de estas partes para este efecto... assimismo vuestra majestad debe suplicar a Su Santidad que conseda su poder y sean sus subdelegados en estas partes las dos personas principales de religiosos que a estas partes vinieren, uno de la orden de San Francisco y otro de la orden de Santo Domingo, los cuales tengan los más largos poderesque vuestra majestad pudiere", de modo que pudiera administrar aun la confirmación y el orden.

 

Cuando así escribía Cortés, sin embargo, varios meses hacía que la primera misión franciscana había llegado a México. Los Doce desembarcaron en Ulúa el 13 de mayo de 1524. Doce religiosos evidentemente parecían muy pocos a Cortés. El hecho, con todo, es de capital importancia, aun cuando no se tome en cuenta el valer sobre toda excepción de la mayoría de los recién llegados: la llegada de los Doce pone el principio de la evangelización sujeta a orden y método. Aunque más nos importa la obra colectiva que la individual, no dejaremos de poner aquí la lista de Los Doce o los Doce Apóstoles, como la tradición les ha llamado. Todos de la orden Frailes Menores de la Observancia, llegaron a México el 17 ó 18 de junio de 1524 y son los siguientes: Fr. Martín de Valencia, Fr. Francisco de Soto, Fr, Martín de Jesús, o de la Coruña, Fr. Juan Suárez, o mejor, Juárez, Fr. Antonio de la Ciudad Rodrigo, Fr. Toribio de Benavente (Motolinía), Fr. García de Cisneros, Fr. Luis de Fuensalida, Fr. Juan de Ribas, Fr. Francisco Jiménez, Fr. Andres de Cordoba y Fr. Juan de Palos. El superior era Fr. Martín de Valencia; Fr. Francisco Jiménez recibió las órdenes a poco de llegado a la Nueva España; Fr. Andrés de Córdoba y Fr. Juan de Palos permanecieron como legos.

La llegada de los doce se debía, por otra parte, a diligencias y negociaciones ya antiguas. Aun antes de que Tenochtitlán fuera del todo conquistada, dos franciscanos, uno de ellos flamenco, Juan glapión, por los documentos españoles, y un español, Fr. Francisco de los Angeles, cuyo apellido era Quiñones, se habían ofrecido ir a trabajar en la evangelización de la fe entre los nuevos súbditos de la corona de Castilla. Por su bula Alias felicis, de 25 de abril de 1521, el Papa León X les había concedido la licencia para in a América. El 6 de mayo del año siguiente Adriano VI, en su bula Exponi nobis fecisti, dirigida a Carlos V, completaba las disposiciones de su predecesor.En ella daba a los frailes franciscanos y a los de las demás Ordenes Mendicantes su autoridad apostólica, en donde quiera que no hubiera obispos, o se hallaran éstos a más de dos jornadas de distancia, salvo en aquellos que exigiera la consagración episcopal, para cuando les pareciera necesario para la conversión de los indios. Entre tanto que esto se intentaba llevar a cabo, murió el P. Glapion, y el P. Francisco de los Angeles resultó electo general de su Orden en el capítulo reunido en Burgos en 1523. Imposible ya para él la partida. Pero cordialmente anhelaba la evangelización de México y fue él quien organizó la misión de los Doce y escogió a Fr. Martín de Valencia para dirigirla.

 

Los dominicos llegaron a México probablemente el 2 de julio de 1526. Eran también doce. Ocho de ellos, el vicario, o superior, Fr. Tomás Ortiz, Fr. Vicente de Sta. Ana, Fr. Diego de Sotomayor, Fr. Pedro de Santa María, Fr. Justo de Sto. Domingo, Fr. Pedro Zambrano, Fr. Gonzalo Lucero, que sólo eran diáconos, y el lego Fr. Bartolomé de la Calzadilla venían de España, Fr. Domingo de Betanzos, Fr. Diego Ramírez, Fr. Alonso de las Vírgenes y el novicio Fr. Vicente de las Casa, venían de la isla Española. Fueron infaustos sus principios: cinco de ellos Fr. Pedro de Sta. María, Fr. Justo de Sto. Domingo, Fr. Vicente de Sta. Ana, Fr. Diego de Sotomayor y Fr. Bartolomé de la Calzadilla no pudieron resistir a las fatigas del viaje ni a las inclemencias del clima y murieron en menos de un año; Fr. Pedro de Zambrano, Fr. Diego Ramírez y Fr. Alonso de las Vírgenes regresaron enfermos a la Península hacia fin de 1526. Quedo el P. Fr. Domingo de Betanzos solamente, acompañado de Fr. Gonzalo Lucero y Fr. Vicente de las Casas, ya profeso, y fue así como mereció, a expensas de Fr. Tomás Ortiz, po lo demás, no parece muy de lamentarse: mezclado en ciertas intrigas con Cortés, hubiera llevadopor mal camino a sus religiosos. En 1528 llagó Fr. Vicente de Sta. María con seis compañeros y, a partir de esta fecha, la provincia se fue desenvolviendo de manera normal.

Fueron los postreros en llegar los agustinos. Desembarcados en Veracruz el 22 de mayo de 1533, partieron para México el 27 y llegaron el 7 de junio. Eran siete: Fr. Francisco de la Cruz, el Venerable P. Fr. Agustín Gormaz, o de Coruña, Fr. Jerónimo Jiménez, o de S. Esteban, Fr. Juan de S. Román, Fr. Juan de Oseguera, Fr. Alonso de Borja y Fr. Jorge de Avila. Era superiór el P. Venerable y en expedición debió venir también Fr. Juan Bautista de Moya, que inesperadamente se vió forzado a quedarse en España.

Fácil de ver es cuán modestos fueron los principios: eran muy pocos operarios para tan abundante mies; pero sin llegar a ser tantos como exigía el volumen de población, cada año sin embargo, aumentaba el número de misioneros. Quedaban así compensados los que morían, o tenían que regresar a la patria. Más tarde comenzaron a entrar los moradores del país en las Ordenes, dando principio a los religiosos criollos. Para todo México había en 1559: 380 franciscanos, en 80 casas; 210 dominicos, en 40 casas y 212 agustinos, en 40 casas.

 



Última actualización en Jueves, 21 de Enero de 2010 09:33
 
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